Una historia de dos autobuses

March 8, 2016

Por la Hermana Karen Donahue

Group photo of travelers to Central America. Sister Karen is standing, fourth from the left.

Foto del grupo de las viajeras a Centroamérica. La Hermana Karen está de pie, es la cuarta desde la izquierda.

De vez en cuando, una experiencia diaria nos permite entender una realidad profunda. Esto mismo me ocurrió a mí en un viaje reciente a Centroamérica – varios viajes en autobús se convirtieron en una metáfora de las desigualdades tremendas que caracterizan nuestro mundo.

En El Salvador, hicimos varios viajes de más de dos horas y muchos viajes cortos en un autobús escolar amarillo. Este autobús en particular era de un distrito escolar en Florida. Los asientos estaban tan pegados que los niños de jardín de la infancia tendrían dificultad para acomodarse. Claro que no había aire acondicionado y tuvimos que abrir las ventanas para aliviar el calor agobiante.

Sin embargo, al abrir las ventanas, entraban los gases del combustible de diésel, no sólo de nuestro autobús, sino de todos los coches y camiones que iban por la carretera. No se servía comida, no había baño y los caminos estaban llenos de baches.

Al final de una semana en El Salvador, fuimos en autobús a San Pedro Sula, Honduras, un viaje de ocho horas. En esta ocasión, fuimos en un autobús muy lujoso de primera clase, con asientos que se parecían a los asientos de primera clase en un avión y hasta tenían donde descansar los pies. Había un baño limpio y el aire acondicionado estaba tan frío que se necesitaba un suéter o una chaqueta. Las ventanas no se abrían, y el aire adentro estaba limpio y fresco.

Sister Diane Guerin, Jean Stokan and Sister Karen with a member of the staff at Casa Corazon in Honduras.

La Hermana Diane Guerin, Jean Stokan y la Hermana Karen, con una integrante del personal de Casa Corazón en Honduras.

Poco después de salir de la estación, nos sirvieron el desayuno, inclusive un recipiente de fruta fresca. A través del viaje, se aparecía comida de vez en cuando – jugo, café, un emparedado, galletas, agua y refrescos.

Mientras iba en el autobús, no podía dejar de pensar en los viajes que hice la semana anterior. En aquellos caminos, yo estaba conectada con el mundo de afuera. Ese mundo verdaderamente entraba por las ventanas. Aquí, estaba aislada. Las ventanas estaban selladas y también tenían cortinas gruesas que no permitían ver afuera bien. Realmente, estábamos en un capullo.

Como una persona del norte, es fácil para mí estar en mi capullo y olvidar que existe un mundo muy distinto en las afueras de mi experiencia, en el cual muchas personas carecen de comida, condiciones sanitarias o aire limpio.

La mayoría de la gente del mundo está en el autobús escolar. Pocos están en el autobús de lujo.

Lee más sobre la delegación a Honduras y a El Salvador.

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