Una belleza básica y compartida: Reflexión sobre la película Un hombre de palabra

June 30, 2018

De Hermana Joy Clough

El Papa Francisco besa a una niña en la audiencia general en la Plaza San Pedro el 20 de junio. Crédito: Daniel Ibáñez/CNA.

El Papa Francisco besa a una niña en la audiencia general en la Plaza San Pedro el 20 de junio. Crédito: Daniel Ibáñez/CNA.

El Papa Francisco es el centro de la película recientemente lanzada Un hombre de palabra. La película se desarrolla en torno a una conversación que tuvieron los cineastas con el Papa y en las imágenes que acumularon mientras lo acompañaban en muchos de sus viajes a lugares problemáticos de todo el mundo. Sin embargo, no fue el Papa Francisco quien me llamó la atención. Eran las otras personas, las anónimas.

Sus caras eran hermosas. Cada una de ellas era hermosa. A través de la diversidad de pueblos y circunstancias, hermosas.

Suaves de amor. Fruncidas de preocupación. Brillantes de alegría. Pensativas. Pacientes. Implorando. Santas.

Negras. De Medio Oriente. Asiáticas. Blancas.

Tensas. Arrugadas. Femeninas y masculinas.

Un caleidoscopio de la humanidad

Las escenas variaban. Un campamento de refugiados en África. Una prisión en Europa. Un hospital para niños en el Cercano Oriente. Un campo diezmado en Filipinas. Los lugares donde la gente estaba sufriendo, se sentía abandonada, vivía con miedo, estaba desesperada buscando esperanza.

Tanto sufrimiento. Y el Papa los visitó para llamar la atención sobre la realidad de la mayoría de la humanidad, para llegar con el amor de Dios a los «pequeños», para admitir que tenía pocas palabras —a veces ninguna palabra— para compartir, pero que quería estar con ellos.

A través de este caleidoscopio de rostros humanos, el Papa Francisco estaba hablando de nuestra humanidad común. De hermandad. De cuidado mutuo y de la Tierra que compartimos. Sus palabras fueron consuelo y esperanza.

Había otras caras. Miembros de la Curia Vaticana. Miembros del Congreso de los Estados Unidos. Caras de poder. Caras de contraste, de contrapunto. Caras —no todas, pero en general— estoicas. Aburridas. Resistentes. Mayormente blancas. Mayormente de hombres.

Ante estas caras también, el Papa Francisco habló de nuestra humanidad común. De hermandad. De cuidado mutuo y de la Tierra que compartimos. Sus palabras fueron desafío y verdad.

Vivir con un poquito menos

De los pueblos del mundo, dijo el Papa, el 20 por ciento tiene y controla el 80 por ciento de la riqueza mundial.

Siendo estadounidense, siendo blanca, siendo educada, estoy en ese 20 por ciento. Tengo un techo. No me preocupo si habrá o no comida para mí hoy. Tengo zapatos y mucho más que un solo juego de ropa. Tengo fondos «disponibles» para frivolidades como helados o películas. Soy parte del 20 por ciento. ¿Qué consecuencias aquí y en el futuro me depara este hecho?

 

El Papa Francisco saluda a jóvenes en Manila, Filipinas durante su visita de enero de 2015. Crédito: Alan Holdren/CNA.

El Papa Francisco saluda a jóvenes en Manila, Filipinas durante su visita de enero de 2015. Crédito: Alan Holdren/CNA.

El Papa Francisco dice que todos necesitamos ser un poco más pobres, conformarnos con un poco menos, para que otros puedan tener más. Él elige vivir en un apartamento simple. Él conduce un automóvil modesto. Él trata de mantener las cosas simples. ¿Qué podría ser mi «poquito» menos? ¿Tal vez puede haber más que un simple «poquito menos»? ¿Tal vez podría tener más gratitud por lo que tengo, por las bendiciones que tengo? ¿Tal vez podría haber menos quejas? ¿Cómo, en mi vida, puedo mantener simples las cosas, o hacer que sean simples?

Y luego, sorprendentemente tal vez, el Papa habló de belleza. De artistas, sí, pero también de la belleza del rostro humano. De la belleza de una simple sonrisa. Del regalo que puede ser una sonrisa. De la dignidad del contacto visual directo. De la esperanza que una cara puede transmitir a otra.

Él mismo, en medio de todos estos rostros que escuchaban atentos, solía sonreír, a veces seriamente, evocando ocasionalmente risas, siempre inquietándose. Siempre con ganas no sólo de «estar con», sino también de «estar entre» ellos. Siempre conscientes, recordándoles siempre, insistiendo siempre en la dignidad, el valor y la bondad fundamentales, innegables y otorgadas por Dios.

Y en esos lugares desamparados, las caras, reflejando momentáneamente sus almas, dieron crédito a sus palabras. En todos sus diversos orígenes y circunstancias, estos rostros tan humanos eran, simplemente, hermosos.

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