El pecado del cierre del gobierno

January 26, 2019

Por Hermana Renee Yann

¿Puede la crisis política actual de los Estados Unidos sobre el cierre del gobierno ofrecernos alguna reflexión espiritual?

Si bien la situación nos desafía a considerar la intersección de la justicia con la política, también nos podría llevar a considerar realidades profundas de las relaciones espirituales con Dios, con la creación y con nuestro ser más profundo. 

Mi primera experiencia de un «cierre» fue con Jimmy el grandulón, un vecino hostigador que, por un corto periodo de tiempo, dirigió nuestro grupo local de juegos. El liderazgo de Jimmy era debido a su estatura. Era alto y mayor que el resto de nuestra pequeña banda. La verdad, él tendría que haber estado en un grupo de niños mayores de edad, pero ahora me doy cuenta de que, si fue rechazado, fue por su escasa habilidad para relacionarse.

Dejamos que Jimmy nos dirigiera por un breve tiempo, una temporada de béisbol desagradable hasta que nos dimos cuenta de cómo manejar a Jimmy. En un verano frustrado de 1953, Jimmy el grandulón decidía quién jugaría en cada equipo, quién tendría el mejor equipamiento, y cómo se resolverían los movimientos de juegos dudosos. El resultado obligado de todas esas decisiones sería que Jimmy siempre ganaría. Su única razón para cualquier decisión impugnada era la clásica frase que cerraba toda discusión «… ¡porque lo digo yo!».

Como cualquier líder sin habilidades de liderazgo, Jimmy finalmente fue derrocado cuando nosotros, pequeños de ocho años, nos dimos cuenta de que unidos en coalición éramos más fuertes que él. Fue una lección dura para Jimmy, pero muy importante para el resto de nosotros. Aprendimos que el hostigamiento y la cerrazón eran estrategias ineficaces para un éxito de largo plazo.

Todas nosotras, en nuestras vidas, podemos vivir dinámicas semejantes a las que pasé con la pandilla de mi infancia. Podemos encontrar trabajadores, familiares, conocidos, incluso personas que queremos que eligen relaciones de dominio. Nuestros esfuerzos de reciprocidad, respeto y búsqueda de soluciones se pueden encontrar con una mentalidad de cerrazón: «a mi manera o te vas» o «porque lo digo yo».

Situaciones como estas hieren y humillan a la gente comprometiendo su libertad y bienestar. Frustran la capacidad humana de crecer y de generar posibilidades. Cuando vemos tales dinámicas desarrolladas en el escenario nacional y política global, se profundiza la frustración dañando no solo la vida cotidiana sino también nuestro carácter cívico.

Nuestra fe sugiere que esa «cerrazón» es una traducción ingeniosa de «pecado». Esta cerrazón es el abandono de la responsabilidad y esperanza de uno para con el otro. No es nunca el mejor modo de obtener resultados. Dios nunca nos deja en esa cerrazón. Con Dios siempre hay una puerta abierta, un camino a seguir, una mano que se extiende.  Todos, y especialmente todos los que tienen poder político, están llamados a imitar la esperanza infinita de Dios por la humanidad haciendo un gran esfuerzo por hacer más fácil la vida de los demás abriéndola, nunca cerrándola.

Jimmy el grandulón nunca entendió cómo usar el poder que tuvo. El poder verdadero debe usarse siempre para los demás, nunca contra los demás; de lo contrario nos debilita a nosotros, así como a aquellos que tratamos de paralizar.

Durante el actual estancamiento del gobierno, ¿qué excusa darán nuestros líderes a los niños hambrientos de los empleados federales cuando les pregunten: «¿por qué tengo que pasar hambre para que tú tengas éxito?».

«¿… ¡Porque lo digo yo!?».

¡Oh, quién querría responder a Dios ante tal excusa!

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