Category Archives: Boreta Singleton

Why Voting—and Voter Suppression—Matter

September 30, 2020

By Boreta Singleton, Mercy Associate and member of the Institute Office of Anti-Racism and Racial Equity Collaborating Committee

In this centennial year of the passage of the 19th Amendment, which granted women in the United States the right to vote, we often hear stories of suffrage movement leaders Elizabeth Cady Stanton or Susan B. Anthony. But how often do we hear the stories of Mary Church Terrell, Susette LaFlesche Tibbles, Jovita Ivar or Mabel Ping-Hua Lee? Each one of these women of color made a major contribution to the struggle to obtain voting rights for women, but their role has largely been removed from historical accounts.

A historical photo of a voting rights march.

Even after the 19th Amendment was ratified, it didn’t give voting rights to Native Americans, who were granted citizenship in 1924 but not the right to vote, or many Asian Americans, who wouldn’t receive full voting rights until 1952. Black Americans still faced poll taxes and literacy tests at the polls, not to mention the threat of violence, necessitating the passage of the Voting Rights Act of 1965, which outlawed the discriminatory practices that were preventing people of color from voting.

More than five decades later, the struggle to fully enfranchise people of color and to consistently implement the Voting Rights Act continues. In 2013, the Supreme Court, in Shelby County v. Holder, ruled against two key provisions of the act: Section 5, which requires that states with a history of disenfranchising voters receive preclearance from the Federal Government to change voting practices and laws, and Section 4(b), which contains the formula that determines which jurisdictions with a history of discriminatory practices are subject to Article 5.

Why should access to voting concern us?

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Por qué importan el voto y la supresión del voto

September 30, 2020

Por Boreta Singleton, Asociada de la Misericordia y miembro del Comité Colaborador de la Oficina del Instituto para Antirracismo y Equidad Racial.

En este año del centenario de la aprobación de la 19ª Enmienda, que otorgó a las mujeres el derecho al voto en los Estados Unidos, solemos escuchar historias de las líderes del movimiento por el sufragio como Elizabeth Cady Stanton o Susan B. Anthony. Pero, ¿qué tanto escuchamos las historias de Mary Church Terrell, Susette LaFlesche Tibbles, Jovita Ivar o Mabel Ping-Hua Lee? Cada una de estas mujeres de color contribuyó de manera importante a la lucha por el derecho al voto de las mujeres, pero su papel se ha eliminado en gran medida de la historia.

Una foto histórica de una marcha por los derechos de voto.

Incluso después de la ratificación de la 19ª Enmienda, no se otorgó el derecho a votar a los nativos americanos, a quienes se les otorgó la ciudadanía en 1924 pero no el derecho al voto; ni a muchos asiáticoamericanos que no recibieron el pleno derecho a votar sino hasta 1952. Los afroamericanos todavía enfrentaban impuestos electorales y pruebas de alfabetización en las urnas, sin mencionar la amenaza de violencia, lo que requirió la aprobación de la Ley de Derechos Electorales de 1965, que prohibió las prácticas discriminatorias que impedían que las personas de color votaran.

Más de cinco décadas después, continúa la lucha para otorgar el derecho al voto a las personas de color e implementar consistentemente la Ley de Derechos Electorales. En 2013, la Corte Suprema, en condado de Shelby vs. Holder, falló en contra de dos disposiciones claves de la ley: la Sección 5, que requiere que los estados con un historial de privación del derecho al voto reciban autorización previa del Gobierno Federal para cambiar las prácticas y leyes de votación, y la Sección 4(b), que contiene la fórmula que determina qué jurisdicciones con antecedentes de prácticas discriminatorias están sujetos al artículo 5.

¿Por qué debería preocuparnos el acceso al voto?

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A Mercy Kindness, Etched in Memory

November 8, 2019

By Boreta Singleton, Mercy Associate

I am an African-American “cradle Catholic.” Although my history within the Catholic Church as a woman of African descent has been complicated and at times painful, I know that I am “home” when I am present at liturgical celebrations, sitting with a spiritual directee at my parish or a retreat house, and in my own ministry as a Catholic educator and administrator for the past 35 years.

I have sometimes felt challenged by the reality that Catholic institutions do not always recognize the gifts and talents of the ethnically and racially diverse people among them. I have always attended Catholic schools, from grade 1 to graduate school. Those institutions are made up of mostly white Catholics. It has been difficult to be recognized as an equal—one who is not only just as Catholic as my white counterparts but also one who possesses  similar gifts of  ministerial leadership. Although I have known the Sisters of Mercy for almost my entire life, I did not attend their schools. However, I  feel as though my first encounter with a Sister of Mercy points  directly to their charism as expressed through the words of Catherine McAuley in her Familiar Instructions: “Let charity be our badge of honor … so that it may truly be said, there is in us but one heart and one soul in God.”

Boreta, front row in purple, with other members of Ignatian Schola, a New York-based group that sings for Jesuit celebrations
Boreta, front row in purple, with other members of Ignatian Schola, a New York-based group that sings for Jesuit celebrations
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Una Misericordia benevolente, grabada en la memoria

November 8, 2019

Por Boreta Singleton, Asociada de la Misericordia

Soy afroamericana «católica de cuna». Aunque mi historia en la Iglesia católica, como mujer descendiente de africanos, ha sido complicada y en ocasiones dolorosa, sé que estoy en «casa» cuando estoy en una celebración litúrgica, sentada con un director espiritual en mi parroquia o en una casa de retiros, y en mi propio ministerio como educadora católica y administradora en los últimos 35 años.

A veces he sentido el desafío de la realidad de las instituciones católicas que no siempre reconocen entre sí los dones y talentos de quienes ética o racialmente son diversos. Siempre he asistido a escuelas católicas, desde primero de primaria hasta el posgrado. Estas instituciones están conformadas, en su mayoría, por católicos blancos. Ha sido difícil ser reconocida equitativamente, como alguien que no solo es igual de católica que mis homólogos blancos sino también que posee dones similares de liderazgo en el servicio. Aunque he conocido a las Hermanas de la Misericordia durante casi toda la vida, no asistí a sus escuelas. Sin embargo, siento que mi primer encuentro con una Hermana de la Misericordia apunta directamente al carisma expresado en las palabras de Catalina McAuley en sus Instrucciones familiares: «Que la caridad sea nuestra insignia de honor… para que se pueda decir realmente que solo hay en nosotras un solo corazón y una sola alma en Dios».

Boreta, en el color violeta, con otros miembros de Ignatian Schola.
Boreta, en el color violeta, con otros miembros de Ignatian Schola.
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