Por la Hermana Laurie Orman
En este cuarto viernes de Cuaresma, reflexionamos sobre las estaciones del Vía Crucis cuando Jesús se encuentra con las mujeres que lo acompañan hasta su crucifixión. La cuarta estación: Jesús se encuentra con su madre; la sexta estación: Verónica limpia el rostro de Jesús; y en la octava estación: Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén.
Estas tres estaciones son dedicadas a los instantes cuando Jesús se encuentra con las mujeres en el camino al Calvario. Posteriormente, durante la crucifixión, son las mujeres que permanecen con Jesús. A través de la Pasión y la Resurrección, son las mujeres que acompañan a Jesús. A medida que reflexiono sobre estas estaciones, aflora el pensamiento «sufrir con» (compasión). En los Ejercicios Espirituales, especialmente en la tercera semana, San Ignacio hace un llamado para acompañar a Jesús durante su Pasión, lo cual se interpreta como sentarse junto a y ayudar a las personas que sufren, son marginadas o sobrellevan el sufrimiento.
Las mujeres no estaban allí para arreglar o cambiar lo que sucedía; estaban presentes para acompañar a Jesús en su dolor y sufrimiento. Estaban «compadeciendo», que es el gerundio del verbo «compadecer», que significa manifestar profunda simpatía, aflicción y deseo de aliviar el sufrimiento de otro ser, a menudo descrito como sentir su dolor como propio.
Hace unos años, fui invitada por Dios a participar en los Ejercicios Espirituales. Pasé 40 días en la Casa Loyola en Guelph, Ontario. Durante ese tiempo, experimenté una relación con María. A los diez días de mi retiro, me doblé el tobillo y tuve que ponerme hielo todos los días. Mientras reposaba con el hielo, comencé a rezar el rosario. Antes de ir al retiro, no tenía una relación con María. No solía rezar el rosario o acudir a ella para que intercediera por mí ante Jesús. No pensé llevar el rosario al retiro, pero lo eché en mi bolso por las dudas. No imaginé que llegaría a ser algo importante de mi oración durante los 40 días. No solo formé una profunda relación con María durante este periodo, sino que me sostuvo en mis decisiones y necesidades diarias. Durante el retiro, caminé con María mientras ella seguía a Jesús hacia la cruz. Permanecí con ella junto a la cruz de Jesús. Aunque a veces sentía la necesidad de «expresar» algo, María apreciaba mi deseo de solo «permanecer» con ella. Me dijo que no era necesario decir algo; ella apreciaba que estuviera dispuesta a permanecer con ella en su dolor y sufrimiento, al igual que ella permaneció con su hijo en su sufrimiento. Fui «compasiva» con María durante su momento de necesidad.
Eso es lo que las mujeres hacían en estas estaciones. Estaban «sufriendo con» Jesús y su madre. Muchas veces, en nuestras situaciones cotidianas, sentimos «compasión» por otras personas. Las palabras sobran; solo se nos requiere que acompañemos a los demás en su momento de necesidad, dolor y sufrimiento. Creo que podemos hacerlo con todo lo que está sucediendo en el mundo hoy. Puede que no estemos con alguien físicamente, pero podemos acompañarlo espiritualmente.
Durante este tiempo de Cuaresma, ¿cómo podemos ser como María y las mujeres junto a la cruz y ser «compasivas» con Jesús? Nuestras vidas pueden ser tan ajetreadas que a veces luchamos por encontrar un lugar tranquilo para estar con Él. ¿A quién conoces en tu vida diaria que necesite tu compañía física y espiritual? Durante este tiempo de Cuaresma, te animo a reflexionar sobre cómo puedes ser «compasiva» con los demás y agradecerle a Dios por la forma en que otras personas han sido «compasivas» contigo.