Reflexión de Pascua
compartir
Por Hermana Julia Upton
En 2020, cuando nuestras iglesias estaban cerradas por la pandemia, me preguntaba cómo podríamos celebrar la Semana Santa y el Tiempo Pascual, pero se nos mostró el camino. Este año reconozco que me surgen algunas de esas mismas preguntas, no porque nuestras iglesias estén cerradas, sino porque nuestros corazones están destrozados. Me parte el corazón ver cómo Oriente Medio, esa tierra santa donde nació la civilización, vuelve a sumirse en la guerra. ¿Cómo hacemos ahora el camino del lamento a la alabanza?
Además de María Magdalena, la imagen de luto que más me llama la atención en esta época del año es la del papa Francisco. A primera hora de la tarde del 27 de marzo de 2020, el papa Francisco caminaba solo, sin ni siquiera un paraguas, por una Plaza de San Pedro inusualmente vacía y empapada de lluvia. Poco a poco, cruzó la plaza y subió por el empinado camino que lleva al Sagrato, frente a la basílica, donde empezó a rezar con nosotros. Ese «momento extraordinario de oración», como lo llamaron, fue de una crudeza impactante. Se recitó lentamente el evangelio (Marcos 4, 35-41); el papa Francisco predicó con ternura, haciéndose eco de la inquietud que compartíamos todos, y nos recordó que Dios «no nos dejará a merced de la tormenta». Se acercó lentamente al icono de la Virgen María, Salus Populi Romani, trasladado desde su lugar habitual de veneración en la Basílica de Santa María la Mayor. Antes y después de cada viaje, y en cada festividad mariana, el papa Francisco iba allí a rezar ante el icono. A lo largo de los siglos, se había llevado en procesión por la ciudad en tiempos de crisis y guerra. A continuación, el papa Francisco se dirigió a rezar ante el crucifijo milagroso, que ha sobrevivido a plagas e incendios, y que había sido traído desde la iglesia de San Marcelo. Solo entonces entró en la basílica para continuar con la misa. Me emociono cada vez que recuerdo aquella tarde de oración solemne, conocida como la «Statio Orbis», la Estación del Mundo.

En este escenario tan solemne, veo a María Magdalena, desconsolada por el dolor, llorando ante el sepulcro vacío. En este cuadro del difunto sacerdote y artista alemán Sieger Köder, María mira hacia arriba, sorprendida y desconcertada, hasta que oye que la llaman por su nombre. ¡Qué fuerza tiene escuchar nuestro nombre! En ese momento, todo encaja. Ella pasa del lamento a la alabanza, del dolor a la Misión, convirtiéndose en apóstol para los apóstoles.
¡Escucha! Quizás oigas a Jesús llamarte en voz baja, transformando tu dolor en misión, y uniéndote a la compañía de los apóstoles de la esperanza, la paz y el amor a lo largo de estos cincuenta días y más allá.