Conozcan a nuestros papás de la Misericordia: Un homenaje a las hermanas y a sus padres
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Editado por Verónica Estrade y Catherine Walsh, Comunicaciones del Instituto
El amor de su padre marcó profundamente a Catalina McAuley (solo en inglés), fundadora de las Hermanas de la Misericordia de las Américas, a pesar de que solo tenía 5 años cuando falleció James McAuley.
El cariño de su «padre adoptivo» y benefactor, William Callaghan, también ayudó a Catalina a formarse como la líder religiosa visionaria en la que llegaría a ser.
La fe católica de James McAuley y su compasión por las personas empobrecidas inspiraron a su hija a servir a las personas necesitadas en todo momento, tanto en la Irlanda del siglo 19o como más allá. Al legar su fortuna a Catalina — después de que ella cuidara de él y de su esposa —, William Callaghan le permitió abrir la Casa de la Misericordia en Baggot Street y llevar la Misericordia hasta los confines de la Tierra.
Este Día del Padre, recordamos no solo a los dos hombres más importantes en la vida de Catalina, sino también a los padres y abuelos de las Hermanas de la Misericordia de hoy en día en todo el mundo, cuyas historias continúan el legado de Catalina y amplían nuestra comprensión de lo que significan la paternidad y la familia.
«Inspirada por mi abuelo pionero y mi padre»
Por Hermana Cora Marie Billings, Virginia, EUA

Las rosas que sostengo en una foto muy querida de 1957 proceden del jardín de mi abuelo materno, John Aloysius Lee Sr., hijo de un esclavo de los sacerdotes jesuitas de la Universidad de Georgetown. Mi padre, Jesse Anthony Billings, un católico converso, está sentado entre mi abuelo y yo.
La fe de estos dos hombres pioneros me sirvió de inspiración cuando me integré a las Hermanas de la Misericordia en 1956 como la primera hermana negra de la comunidad.
No mucho después de visitarme en el noviciado de Marion, Pensilvania, el abuelo partió al encuentro del Señor. Fue el primer afroamericano en recibir un premio internacional al laico católico destacado (solo en inglés), padre de doce hijos, entre ellos dos Hermanas Oblatas de la Providencia (solo en inglés), y empleado durante muchos años del Servicio Postal de los EUA. El cardenal John Francis O’Hara, de Filadelfia, ofició su funeral.
Yo fui hija única y viví con el abuelo y mi abuela, Mary Lee, durante la Segunda Guerra Mundial, mientras papá servía en la Marina y mi madre, Ethel Lorraine Lee, trabajaba en una fábrica.
Antes de ingresar en el convento, el abuelo me dijo que sería muy difícil ser la primera mujer afroamericana. Me insistió en que debía tener fe en mí misma, distinguir los incidentes racistas de las diferencias de carácter y confiar en Dios.
Cuando papá murió, él llevaba en la cartera una foto mía con el hábito. Eso demostraba que estaba feliz y orgulloso de mí.
«Ustedes son mi paleta de colores»
Por Hermana Janet Fernández Cardozo, Perú

Describir a mi padre es como tener un lienzo de yute en blanco tensado sobre un caballete de madera, con una paleta llena de colores y un pincel en la mano.
Ese es mi padre, Guillermo Fernández Guerrero, una persona polifacética, apasionada, comprometida con los demás y muy generosa.
Un padre, un docente de arte jubilado, un escritor, un ceramista, un tallador de madera y alguien dotado de una increíble capacidad crítica.
Él es un lector y un narrador. Él ha recibido numerosos premios a nivel distrital, regional y nacional en Perú. Sin embargo, de entre todos los dones y talentos que Dios le ha concedido, lo que más me llama la atención es que, a pesar de su edad, nunca ha dejado de hacer lo que le apasiona: «pintar la vida» tanto en su belleza como en su vulnerabilidad.
Mi padre tiene 88 años y lleva 56 casado con mi madre, María Asunción Cardoza Rivas. Todavía nos desafía a mí y a mis seis hermanos diciéndonos: «Ustedes son mi paleta de colores».
«¡La Misericordia vive en mi papá!»
Por Hermana Algen Castañeto, Filipinas

Desde pequeña, he presenciado cómo mi padre, Alfred Castañeto, tiene un gran corazón con las personas que atraviesan dificultades económicas, sobre todo con la infancia. Una vez, mientras me compraba caramelos, vio a otros dos niños mirando los caramelos. Les compró algunos a ellos también. Cuando él ve a vecinos que necesitan dinero o ayuda de cualquier tipo, no duda en darles su dinero o su ayuda. No solo siente compasión, sino que actúa en consecuencia, y puedo ver la alegría en sus ojos.
Soy la única hija de mi padre. Tengo cinco hermanos y nuestra madre falleció hace unos años. El vínculo especial que me une a papá, un funcionario del ayuntamiento de nuestro pueblo me llena de alegría. Su presencia en la ceremonia de mis votos temporales en 2023 me llenó de gratitud.
«Me subí a los hombros de mi abuelo»
Por Hermana Gavina de Castro, Guam y Filipinas

Ir a la iglesia al amanecer en Filipinas, a hombros de mi abuelo, es un recuerdo que guardo con mucho cariño.
Gabriel Ortega, mi abuelo materno — «Mamay Gabriel», como yo le llamaba — me crio junto con mi abuela desde los tres hasta los seis años.
Con nuestra cultura filipina de estrechos lazos familiares, los abuelos suelen cuidar de los nietos. A menudo veía a mis padres y a mis seis hermanos volver a casa con ellos después del jardín de infancia.

Yo era la pequeña sombra de Mamay Gabriel. Explorábamos la selva juntos y yo lo observaba trabajar como agricultor, mecánico y conductor. Él respondía con paciencia a mis infinitos «¿por qué?».
Su fe me influyó profundamente. Cada tarde sus nietos se encontraban para rezar el rosario y le escuchaban contar hermosas historias de la Biblia, como la del niño que guía a las bestias y juega con ellas sin miedo (Isaías 11,6-8). Gracias a Mamay Gabriel, mi versículo favorito es Isaías 46,4: «Incluso en tu vejez… yo [Dios] seré quien te sostenga. Yo te he creado y te sostendré… Yo te rescataré».
Antes de su muerte, cuando yo tenía doce años, mi abuelo dibujó una visión que tuvo de sí mismo en el cielo junto a Dios. Este dibujo me sirve de inspiración en mi camino como Hermana de la Misericordia.
«Me dijo que podía hacer cualquier cosa»
Por Hermana Lisa Gambacorto, Nueva Jersey, EUA

Mi padre, Dominic Gambacorto, que tiene 92 años, siempre ha puesto a su esposa y a sus tres hijas por encima de todo. Yo lo describiría como una persona desinteresada. Él tuvo dos trabajos durante toda su vida: en una empresa de agua durante más de cuarenta años y en una gasolinera los fines de semana. Les dio a sus hijas una educación católica.
Me enseñó que una niña puede hacer todo lo que hace un niño, pero probablemente mejor. Me apoyó en cada paso de mi camino, incluso en mi decisión de entrar a la vida religiosa.
Él me dijo que podía hacer lo que quisiera con mi vida y tener éxito, pero que Dios había hecho bien en llamarme porque [Dios] se había ganado «una gran persona y una gran trabajadora». Se le veía tan tierno cuando dijo eso. Él y mi madre, Janet, cumplirán 71 años de casados en octubre. Tengo mucha suerte de tenerlos. La fe de mi padre en Dios es inquebrantable y es algo que admiro. Es mi héroe.
«Su amor sigue vivo en mí»
Por Hermana Edith González, Panamá

Mi padre, Juan González, un agricultor, era un hombre humilde, muy trabajador y dedicado a la agricultura y la ganadería en nuestro Panamá natal. Él y mi madre, Antonia Vega, formaron una familia de ocho hijos. Su amor por mí fue constante y reconfortante, y me animó a ser una persona capaz de servir a otras personas.
Desde muy pequeña, lo vi recibir a personas de la comunidad que acudían en busca de ayuda o refugio. Siempre les tendía la mano con generosidad. También aprendí de él lo que es la gratitud: él daba las gracias a Dios y a quienes lo ayudaban.
Su amor marcó profundamente mi fe y la ayudó a crecer. Me enseñó a amar y respetar a Dios. Me mostró lo que significa servir a otras personas y reflejó la bondad de Dios en nuestras vidas. Aunque falleció hace seis años, en la Pascua de Cristo, su amor sigue vivo en mí. Su recuerdo me da fuerzas cada día y ha hecho de mí una mujer fuerte y agradecida.
«Agradezco los sacrificios de mi padre»
Por Hermana Michelle Gorman, California, EUA e Irlanda
De niña, en el condado de Mayo, Irlanda, aprendí que, a mi padre, James Gorman, le gustaba escuchar las noticias. Un día, decidí contárselas mientras trabajaba en nuestra granja.

Aún no sabía leer ni escribir, pero escuchaba con atención la radio y garabateaba en un papel. Luego corría al campo, le entregaba el papel y le preguntaba: «Dime qué pone». Papá examinaba mis garabatos y me hablaba de las noticias que seguramente había oído esa misma mañana. Me quedaba asombrada. ¿Cómo era posible que supiera lo que yo había «escrito»?
Mi padre tuvo una vida difícil. Nació unos 50 años después de la hambruna y vivió bajo el colonialismo. Contaba muchas historias sobre la brutalidad de las fuerzas paramilitares británicas durante la Guerra de Independencia de Irlanda (1919-1921). Pero amaba a Dios y a su familia, a la que guiaba en el rezo diario del rosario.
Cuando les dije a mis padres que me iba a California para hacerme Hermana de la Misericordia, mi padre me escribió la oración de Santa Teresa de Ávila («Nada te turbe…»). Cada vez que volvía a visitarles, me decía que, si «no me gustaba estar allí», podía volver a casa. Dejó de decirme eso después de que hiciera los votos perpetuos.
Agradezco los sacrificios que él hizo para que yo pudiera seguir mis sueños y mi vocación religiosa.
«Nos enseñó a ser personas agradecidas»
Por Hermana Nieves Jimenez, Panamá

Mi padre, Saturnino Jiménez, se dedicó por completo a su fe, a su familia y al duro trabajo de labrar la tierra. Junto con mi madre, María Inés, crio a seis hijos en la Panamá rural, donde crecimos rodeados de esfuerzo, fe y amor.
En su juventud, trabajó en empresas bananeras en Puerto Armuelles, una ciudad panameña cercana a Costa Rica, a donde emigró en busca de mejores oportunidades. Más tarde, regresó con nosotros a nuestra ciudad natal, San Juan, donde se dedicó por completo a la agricultura, cultivando arroz, maíz y otros productos que sustentaban a nuestra familia.
Nuestra infancia estuvo marcada por el campo, donde crecimos entre montañas y cosechas y aprendimos lecciones importantes. Él nos enseñó a plantar, a trabajar con alegría y a valorar la sencillez. Era un hombre generoso, agradecido con Dios y siempre dispuesto a ayudar a otras personas.
Su ejemplo fortaleció mi fe y me enseñó a buscar y respetar a Dios. Han pasado casi cuatro años desde que falleció a los noventa y dos años. Sin embargo, su amor sigue vivo en mí y los recuerdos que tengo de él me acompañan cada día, llenándome de gratitud.
«¡Ser la niña de papá fue todo un lujo!»
Por Hermana Rose Martin, Pensilvania, EUA

Mi padre, Bill Martin, asistía a misa todos los días (excepto los sábados) en nuestro barrio de Filadelfia desde que puedo recordar. Cuando yo iba al colegio, sobre todo en los cursos intermedios, las hermanas IHM (Siervas del Inmaculado Corazón de María) animaban a sus estudiantes a asistir a misa durante octubre, el Adviento, la Cuaresma, el mes de mayo y otros momentos especiales. Mi padre y yo solíamos unirnos en este empeño, salvo las mañanas en las que él me despertaba con delicadeza y yo murmuraba: «Papá, hoy estoy demasiado cansada». Entonces él me besaba en la mejilla y me tapaba con la manta hasta la barbilla. Unos 45 minutos más tarde, mi madre Rose me descubría en la cama, levantaba la persiana y decía: «Veo que el diablo te ha vuelto a atrapar hoy».
Me veo reflejada en mis dos padres, ¡pero ser la niña de papá siempre fue un lujo! No creo que el diablo haya ganado.
Papá creía en la voluntad de Dios y en las buenas risas
Por Hermana Ann McKenna, Rhode Island, EUA

En 1959, le dije a mi padre, Eugene J. McKenna, que estaba pensando en ingresar con las Hermanas de la Misericordia en Rhode Island. Él me preguntó si creía que esa era la voluntad de Dios para mí.
«Sí», respondí.
«Entonces eso es por lo que he estado rezando todos estos años», dijo papá. Me sorprendió, pero añadió que había rezado para que yo conociera y siguiera la voluntad de Dios para mi vida, fuera cual fuera.

«Incluso si eso significaba que te sentías llamada por Dios a ser payasa en un circo, ¡eso era precisamente por lo que yo rezaba!».
Mi padre, que era gerente de una empresa de maquinaria de oficina, creía que se podía servir a Dios en cualquier lugar. (Mi madre, Mary O’Brien McKenna, que era contadora, también lo creía).
Unos días antes de que papá falleciera, él anunció que no quería visitas ajenas a la familia, entre los que se encontraban mis hermanos Padre Eugene McKenna, un sacerdote de la diócesis de Providence, y Shirley McKenna Clancy, esposa, madre y abuela, que ya ha fallecido.
Pero cuando el Obispo Kenneth Angell (fallecido en 2016) supo por mi hermano que mi padre estaba a punto de fallecer, pasó a visitarlo, sin saber los deseos de papá. Cuando más tarde le pregunté a papá por la visita, él comentó con ironía que el obispo había dicho que era un buen hombre, un buen cristiano y un buen católico. «¡Ya sabes, la típica homilía de confirmación!».
«Papá trajo candor, alegría y música a nuestro hogar»
Por Hermana Marianne Read, Vermont, EUA

Mi padre, Charles Patrick Read, fue un hombre amable, bondadoso y generoso cuya vida giraba en torno a la fe, la familia, la música y el amor. Profesionalmente, fue banquero. Quienes lo conocieron recuerdan el candor y la alegría que aportó a sus vidas.
Papá fue muy devoto de mi madre, Dorothea, de mi hermana mayor, Dorothy (Dottie), y de mí.
Algunos de mis recuerdos más felices de la infancia son de mi padre tocando el órgano en nuestra casa de Boston, Massachusetts, mientras su hermano, el Padre Jesuita William J. Read, tocaba el banjo. Su hermana, la Hermana de la Misericordia Theresa Marie Read (fallecida en 2010), y mi madre cantaban juntas, mientras Dottie y yo desfilábamos por la casa golpeando ollas y sartenes. (Mi madre, una pianista de gran talento, también solía tocar para nosotras).
A papá le encantaba el jazz de Nueva Orleans, la música irlandesa, las polcas y otros géneros. Tocaba el clarinete maravillosamente.
Él entendía muy bien a las personas, sobre todo a mí. Cuando le dije que iba a ingresar con las Hermanas de la Misericordia, él sonrió y me dijo que él siempre supo que yo iba a entrar en el convento. Luego él bromeó diciendo que visitar a sus hermanos religiosos le había enseñado cómo comportarse cuando venía a verme. Nos reímos y todavía recuerdo la ternura y el orgullo que había detrás de sus palabras.
Una foto muy querida muestra a papá sentado con Dottie y conmigo en el vestíbulo de la Casa Madre en Burlington, Vermont, cuando entré como novicia en 1964. Mamá tomó la foto, captando un momento que reflejaba el amor de papá por su familia.
«Mi padre me enseñó a tener una fe valiente»
Por Hermana Elizabeth Small, Georgetown, Guyana, Sudamérica

Como Hermana de la Misericordia, yo llevo dentro de mí el espíritu valiente de mi padre, Sultan Small, quien me enseñó el verdadero significado de la fe audaz. Por veinte años, vivimos separados. Cuando la diabetes le provocó insuficiencia renal, se marchó de Guyana, nuestra tierra natal, junto con mi madre para buscar tratamiento médico en Estados Unidos. Mis dos hermanos menores se reunieron más tarde con mis padres. A lo largo de los años, mi padre ha tenido que someterse a diálisis tres veces por semana. Sin embargo, sigue viviendo la vida con una fuerza y una dignidad extraordinarias. Hace tres años, por fin pude visitarlo y abrazarlo. Sus palabras para mí fueron sencillas, pero poderosas: «Nunca renuncies a la vida y confía siempre en Dios».
Mi padre, propietario jubilado de una tienda de comestibles, es musulmán, al igual que mi familia. Él siempre ha sido de mente abierta y me ha apoyado en mi camino hacia el catolicismo y mi vocación como Hermana de la Misericordia. Cada día que él vive, nuestra familia da gracias por el amor sustentador de Dios, su misericordia y el don de la vida.