Por Hermana Larretta Rivera-Williams
Que Dios nos conceda misericordia y compasión, pues solo Él conoce verdaderamente nuestros corazones. Solo Dios comprende nuestros deseos más profundos, fracasos, nuestras luchas y aspiraciones.
María Magdalena conocía bien el dolor del rechazo, la acusación y la difamación. A través de tal humillación, ella llegó a experimentar el poder transformador de Dios obrando en su alma. No dio nada por sentado al encontrar ella el amor, el perdón, la sanación y la restauración de la dignidad e integridad.
Hay una María Magdalena dentro de cada persona, anhelando ser perdonada, aceptada, comprendida y amada. El poder de la gracia de Dios nos fortalece y nos concede el valor y la disciplina para convertirnos en verdaderas imitadoras de Cristo.
Qué privilegio fue para María Magdalena atestiguar a Cristo resucitado y proclamar que Jesús había vuelto a la vida de entre los muertos. Sin embargo, a pesar de su fidelidad, la cuestionaron y no le creyeron. La incredulidad de los apóstoles reveló no solo su incertidumbre, sino también su dificultad para confiar plenamente en la promesa que Jesús les había hecho.
Hoy en día, muchas personas siguen viviendo con el dolor del rechazo y la desconfianza. Las inmigrantes que buscan seguridad, oportunidades y dignidad suelen ser malinterpretadas, juzgadas o tratadas como extrañas en lugar de como hermanas y hermanos. Las personas de distintas etnias siguen soportando el racismo, la discriminación y la carga de tener que demostrar su valía en lugares donde ya deberían ser acogidas y respetadas.
Hay una María Magdalena en todas las personas que sufren humillación, exclusión e incredulidad.
Como seguidoras/es de Cristo, se nos llama a ver más allá de las etiquetas, la política, el miedo y los prejuicios. Se nos llama a reconocer el rostro de Dios en cada persona y a defender la dignidad de toda la humanidad. El Evangelio nos desafía a atestiguar la misericordia, la compasión, la justicia y la verdad.
Son muchas las personas que predican en voz alta y enarbolan estandartes de fe. Sin embargo, las acciones pueden contradecir a veces las palabras, lo que lleva a otras a cuestionar las llamadas convicciones cristianas. Tales contradicciones pueden convertirse en semillas de incredulidad, incertidumbre y desilusión.
Aun así, hay una María Magdalena dentro de cada persona, anhelando ser libre, restaurada y revestida de la gracia de Dios.
Que, al igual que María Magdalena, sigamos dando testimonio fiel de la esperanza, la misericordia y el amor transformador de Cristo resucitado.