En la defensa de inmigrantes en nombre de la misericordia
Por Hermana Michele Aronica
La muerte a tiros de Johan Sebastián Durán Guerrero el mes pasado a manos de un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Biddeford, Maine, me conmocionó profundamente. Hace poco me mudé a la cercana localidad de Scarborough.
El 13 de julio de 2026, el Sr. Guerrero simplemente se dirigía al trabajo cuando un agente de ICE disparó contra su auto y lo mató frente a su esposa y su hijita, a quienes adoraba. Su muerte ocurrió a pocos días de que ICE matara a Lorenzo Salgado Araujo, un esposo y padre que se dirigía al trabajo en Houston, Texas, donde había vivido durante décadas. Se encontraba en proceso de legalizar su estatus.
La noche en que falleció el Sr. Guerrero, aprendí que al día siguiente se llevaría a cabo una protesta en el centro de detención del ICE de mi ciudad. Sentí la necesidad de participar y supe que la mano de Dios estaba conmigo mientras conducía hacia allí.
En poco tiempo me encontré en medio de más de 250 personas, cantando «Venceremos» y coreando «¡Decimos no al ICE y al miedo, los inmigrantes son bienvenidos aquí!».
Me encontré junto a un hombre alto y una mujer que tenían el rostro cubierto, así que les pregunté por qué llevaban pañuelos. «Estoy de tu lado, pero no puedo mostrar mi rostro aquí porque perdería mi trabajo», dijo el hombre. Qué triste reflejo de lo que está pasando en nuestro país. Las injusticias abundan, pero alzar la voz contra ellas se castiga.

Alborotador provocador
Líderes religiosos nos guiaron en la oración y los funcionarios electos hablaron sobre la necesidad de poner fin a la violencia de ICE y cerrar el único centro de detención para inmigrantes de Maine. Y entonces, de la nada, se escuchó un sonido espantoso, como una sirena a través de un megáfono, y un hombre agitado (solo en inglés) comenzó a gritar que Jesús quería que ICE hiciera su trabajo.
Un grupo de jóvenes con chalecos naranjas, que se desempeñaban como voluntarios de seguridad en la protesta, rodeó al alborotador e intentó sacarlo de entre la multitud, pero él seguía zigzagueando entre la gente y gritándoles en la cara.
Los organizadores intentaron calmar los ánimos animando a los participantes a caminar de un lado a otro frente al centro de detención; hicieron hincapié en la importancia de garantizar la seguridad de todas las personas. Sin embargo, el grupo acordó por abrumadora mayoría permanecer en el lugar y continuar con la demostración, vitoreando en voz alta cuando se les preguntó quién estaba a favor de «aguantar hasta el final».
En un momento dado, el alborotador se dirigió hacia mí y un joven que llevaba una correa de cámara con los colores del arcoíris cruzada sobre el pecho se interpuso frente a mí y le instó con firmeza al alborotador a que se alejara.
Caminar en parejas
Al final, el líder de la manifestación sugirió que volviéramos a nuestros autos de dos en dos, y aunque mi primer impulso, como Hermana de la Misericordia independiente, fue rechazar al joven que se ofreció a acompañarme, al final acepté.
Nos presentamos y resultó que se había graduado de la Universidad Salve Regina. Le dije lo bueno que era ver cómo seguía desarrollando lo que le habían transmitido su familia y los valores fundamentales de la Misericordia en Salve.
Bromeó diciendo que era «bueno ver a gente mayor» en la manifestación, pero le dejé claro que «aunque tengamos canas» eso no significa que las manifestaciones sean algo nuevo para nosotras. Le dije que mi generación había participado en las manifestaciones por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam, así como en otros movimientos por la justicia.
«¡Hay pasión en estos huesos curtidos!»
Antes de separarnos, toqué la correa de su cámara y le dije: «Me gusta mucho esto». Se emocionó y me dio un abrazo de despedida.
Antes de subirme al auto, hablé con un reportero de otro país que me dijo que acababa de quitarse el chaleco a prueba de balas. Al ver que lo miraba con cara de desconcierto, me explicó que el alborotador llevaba un arma en una cadera y un cuchillo en la otra.
Parecía un milagro que el hombre armado no hubiera usado sus armas. No es de extrañar que los organizadores de la manifestación se preocuparan tanto por la seguridad. Sentí una nueva gratitud hacia mi joven amigo por haberme protegido de aquel hombre agitado.
Imagínate mi sorpresa cuando, en los días siguientes, me vi a mí misma en fotos y videos de la manifestación en los periódicos regionales y nacionales, así como en los noticieros nocturnos de TV.
Tomar medidas en favor de los inmigrantes
El mandato evangélico de «acoger al forastero» es algo que me tomo muy en serio como Hermana de la Misericordia de las Américas. Mi orden religiosa ha acompañado a las personas migrantes en Estados Unidos y a nivel internacional desde 1843; instamos a las personas de fe y buena voluntad a que se solidaricen públicamente (solo en inglés) con las personas inmigrantes.
Las protestas son una forma de actuar, pero hay muchas maneras de hacer oír tu voz. Puedes llamar a tus representantes, firmar peticiones o escribir cartas al editor para exigir que las autoridades rindan cuentas del trato inhumano y despiadado que el gobierno les da a las personas inmigrantes.
No podemos permanecer en silencio. Necesitamos oración y acción.