Cuatro monjas en una familia: Reflexiones sobre una vida llena de la Misericordia

April 10, 2019

Por Catherine Walsh, Especialista en Comunicaciones Comunitarias del Nordeste

Hermanas Mercedes, Anita, Mary Ann y Kay.
Hermanas Mercedes, Anita, Mary Ann y Kay.

Hermana Katherine «Kay» Graber, de 82 años, es la más joven y la única superviviente de 15 hijos, en una familia que incluía a cuatro Hermanas de la Misericordia.

Exacto. Una sola familia. Quince hijos. Cuatro monjas.

«Me gusta decir que nací en las Hermanas de la Misericordia», dice Hermana Kay riendo. «Crecí visitando a mis hermanas en el convento».

Hermana Kay (en frente) con sus 14 hermanos y hermanas.
Hermana Kay (en frente) con sus 14 hermanos y hermanas.

El hogar de la Hermana Kay fue, y sigue siendo, Albany, Nueva York donde es bien conocida por haber servido como presidenta de la comunidad de las Hermanas de la Misericordia de Albany y como líder del Hospital St. Peter durante más de 50 años. Su familia se mudó a la zona en la década de 1920 desde Brooklyn, después de descubrir que la ciudad era un lugar difícil para criar a sus hijos. Su padre, un ávido lector y artista, trabajaba en una imprenta y su madre se encargaba de la familia y del hogar con humor y las habilidades organizativas de un general. «¡Ella tenía que ser organizada con quince hijos e hijas!» dice Hermana Kay.

La madre y padre de Hermana Kay
La madre y padre de Hermana Kay

Las Hermanas de la Misericordia que educaron a los niños y niñas Graber eran y aún son una de las órdenes predominantes de monjas de Albany. Ellas fundaron o atendían numerosas escuelas en una diócesis lejana que iba desde los suburbios hasta los Adirondacks y atrajo vocaciones entre las niñas que enseñaban.

Que las dos mayores de las nueve niñas Graber —Anne y Martha— ingresaran a las Hermanas de la Misericordia después de la escuela secundaria, tomando los nombres religiosos de Hermana Anita y Hermana Mary Ann, no fue una sorpresa para su familia, dice Hermana Kay. «Mis padres hacían hincapié en los valores de la Misericordia en el servicio y en el cuidado del prójimo. Nos decían que éramos ricos en bendiciones y dones que realmente importaban: la fe y la familia».

Hermanas Anita y Mary Ann tenían 23 y 21 años respectivamente cuando Kay nació y fueron notificadas de su llegada por tarjeta postal. «Para mí eran más bien tías que hermanas», recuerda Hermana Kay.

Pero su relación era diferente con Agnes, de 11 años, que más tarde se convertiría en Hermana Mercedes. Agnes fue la hermana mayor asignada por su madre para ayudar a cuidar a Kay cuando era bebé.

Amada por una «hada madrina» convertida en monja

Agnes quería ser la madrina de Kay, pero aún no había hecho su confirmación. «Ella le dijo a mi madre: “Bueno, yo seré su hada madrina”», cuenta Hermana Kay.

Agnes y Kay en el día de entrada de Agnes a las Hermanas de la Misericordia
Agnes y Kay en el día de entrada de Agnes a las Hermanas de la Misericordia

Agnes llevaba a la pequeña Kay a todas partes. Ella trenzaba el cabello de la niña y supervisaba su ropa. Hermana Kay señala: «Mi madre le decía: “Agnes, es el cuarto atuendo que le has puesto hoy a Kay”. Y mi hermana decía: “Está bien. Soy yo quien me ocupo de su ropa sucia». Una vez Agnes almidonó demasiado el vestidito y las pantaletas de Kay que hacía juego. «Estaba retorciéndome mientras caminaba hasta que mamá descubrió lo que estaba mal», dice Hermana Kay riendo.

Cuando Kay estaba en segundo grado y acababa de hacer su Primera Comunión, Agnes entró al convento. «Me rompió el corazón», recuerda Hermana Kay. «Lloré, lloré y lloré. Y mi madre dijo: “Ahora escucha, Agnes no dejará de amarte y si te importa tanto, siéntate y escríbele una pequeña nota”».

La pequeña Kay comenzó a escribirle a la Hermana Mercedes (como aprendió a llamar a Agnes) y esperaba con ansias las reuniones mensuales del «domingo de visita». (Esa era una época en la que las hermanas no podían salir del convento para visitar a sus familias). Una vez, la niña viajó sola para visitar a la Hermana Mercedes, viajes que podían durar varias horas en múltiples autobuses.

Agnes (centro) se convirtió en la Hermana Mercedes en 1945. Llevaba un vestido de novia, que era una costumbre de muchas Hermanas de la Misericordia y otras órdenes religiosas. Con ella están sus hermanas, Hermanas Anita y Mary Ann.
Agnes (centro) se convirtió en la Hermana Mercedes en 1945. Llevaba un vestido de novia, que era una costumbre de muchas Hermanas de la Misericordia y otras órdenes religiosas. Con ella están sus hermanas, Hermanas Anita y Mary Ann.

Cuando Kay estaba en el penúltimo año de la escuela secundaria, Hermana Mercedes se convirtió en maestra en su escuela. Pero Kay evitó a su hermana mayor —y las clases de latín de la Hermana Mercedes— para consternación de su hermana. «Estaba en esa etapa de la adolescencia en la que no quería que la gente supiera que estaba conectada con las monjas», dice Hermana Kay, riéndose. «Pero nada la enorgulleció más que cuando recibí el premio a la excelencia en latín cuando me gradué».

Hermana Kay agrega suavemente: «No podía hacer nada malo a sus ojos. Fue maravilloso tenerla como mi entrenadora y animadora personal».

¿Llamada a ser una Hermana de la Misericordia?

Enfermera Kay Graber en 1957.
Enfermera Kay Graber en 1957.

Aunque Kay había disfrutado visitando a sus hermanas de la Misericordia cuando era niña —y explorando sus hermosos y a veces misteriosos conventos— la vida religiosa era lo más alejado de su mente. Su plan: ser enfermera, casarse y tener muchos hijos. Pero una monja en su escuela secundaria y luego una en su escuela de enfermería le dijo que tal vez tenía un llamado a la vida religiosa.

Kay trató de ignorar estas sugerencias, diciéndole a las monjas que a ella «le gustaba divertirse». Le aseguraron, sin embargo, que las mujeres felices son las mejores monjas. Así que, aunque había tenido dos propuestas de matrimonio y planeaba pasar un año escolar de post-enfermería en California, entró en las Hermanas de la Misericordia.

Hermana Kay en su día de entrada a las Hermanas de la Misericordia. (8 de septiembre de 1957.)
Hermana Kay en su día de entrada a las Hermanas de la Misericordia. (8 de septiembre de 1957.)

«Vi lo felices que eran mis hermanas», dice. Y me conmoví por las Hermanas de la Misericordia que dirigían el Hospital St. Peter en Albany. «Los valores que promovían, la compasión y el cuidado de los demás, eran contagiosos. Cautivaron mi corazón».

Su madre y sus hermanas, Hermanas de la Misericordia estaban «absolutamente encantadas» por su decisión. Pero su padre se resistió inicialmente. «Sentía que ya había dado tres hijas a la Iglesia y no quería que su hija menor lo dejara», recuerda Hermana Kay. Pero pronto se dio cuenta.

Aunque sus hermanas religiosas Anita, Mary Ann y Mercedes eran educadoras, Hermana Kay abrazó su ministerio de enfermería. Al igual que Catalina McAuley, fundadora de las Hermanas de la Misericordia, Hermana Kay se encontró sirviendo a personas de todos los orígenes, y conectando a quienes tenían recursos con aquellos en necesidad. «En el campo de la salud, siempre he tenido y buscado oportunidades para trabajar con los pobres», dice Hermana Kay.

Hermana Kay el día en que se convirtió en una novicia. (De izquierda a derecha: Hermana Anita, Hermana Mary Ann, Hermana Mercedes y Hermana Kay)
Hermana Kay el día en que se convirtió en una novicia. (De izquierda a derecha: Hermana Anita, Hermana Mary Ann, Hermana Mercedes y Hermana Kay)

Durante una carrera de 56 años en el Hospital St. Peter, donde se desempeñó en funciones tan diversas como directora de enfermería, directora de operaciones y responsable de grandes donaciones, Hermana Kay tuvo un vínculo especial con asistentes de enfermería y trabajadores de servicios. Ella desarrolló programas educativos y de capacitación que garantizaban a estos empleados un camino para ascender en su carrera. Ella se aseguró también de que los servicios y cuidado compasivo estuvieran disponibles para todas las personas, para mantenerse con la misión de la Misericordia. En 2017, el hospital volvió a nombrar su Muro de Excelencia en Enfermería como el «Muro de Distinción Hermana Katherine Graber, RSM», y en el 2018 St. Peter’s Hospital Foundation le otorgó a Hermana Kay el Premio Catherine McAuley que se concede anualmente a personas y organizaciones que han tenido un profundo impacto en la misión del hospital.

Vida religiosa: Un «misterio y un don»

Hermana Kay estaba una vez de visita con dos sobrinos, cuando uno de ellos mencionó su vocación.

Hermana Kay con su sobrino Bill Houlihan. Pascua de 1961.
Hermana Kay con su sobrino Bill Houlihan. Pascua de 1961.

«Me dijo: “Tía Kay, estás tan contenta y eres tan divertida. ¿Cómo entraste en el convento?”. Y yo le dije: “La manera en que yo lo veo es que la vida y la vocación son un misterio y un don. ¿Cómo explicas un don o un misterio? La vida religiosa ha sido para mí un gran don y una gran oportunidad».

Como matriarca de 41 sobrinos y sobrinas «increíbles», 65 sobrinos y sobrinas nietos y una docena de sobrinos bisnietos, Hermana Kay enfatiza los valores que llevaron a tres de sus hermanas y a ella misma al servicio de las Hermanas de la Misericordia para con los demás, la fe en Dios, pero lo hace con su característico toque ligero.

A las jóvenes que consideran la vida religiosa hoy en día, dice Hermana Kay: «Si quieres una vida que sea absolutamente rica en oportunidades de servicio y en hacer una diferencia en la vida de los demás y de la comunidad, tal vez quieras ser Hermana de la Misericordia. Si eres aventurera, si eres de espíritu generoso, si te preocupas por los demás, tus oportunidades como hermana son ilimitadas, así como la alegría y la satisfacción que encontrarás. Tú puedes realmente hacer un impacto en nuestro mundo. ¡Y es divertido!».

Sus hermanas, Hermanas de la Misericordia —Anita, Mary Ann y Mercedes— seguramente estarían de acuerdo.

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Comments (2)

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  1. Monique St.Cyr RSM

    I wish there was an English version version to this remarkable story of the four Sisters of Mercy of a family of 15 members. I am one in a family of 13. I’m certain the example lived by their parents had a great influence on their calling to the religious life and their answer to God’s call. Thank you for this story. Blessings to the Sister Kay who still survives.