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Ezequiel 47:1-12 – Agua viva 

Por Hermana Carolyn McWatters 

Siempre me ha intrigado esta visión de Ezequiel por sus imágenes relacionadas con el agua. Mis lugares favoritos en la naturaleza son aquellos donde hay agua. La frescura, el brillo, el sonido y la belleza me cautivan. Me siento atraída. Siento un magnetismo interior hacia el agua y una sensación de estar en casa cuando estoy cerca de ella. Sabemos que nuestros cuerpos están compuestos por un alto porcentaje de agua y, por eso, para mí, como dice el salmista, «lo profundo llama a lo profundo». 

Ezequiel compartió esta visión con un pueblo devastado por la destrucción del templo y que vivía en el exilio en Babilonia. Sin el Templo, el lugar donde se forjaba su identidad y su sentido de pertenencia, ellos estaban abatidos y perdidos. Ya no tenían puntos de referencia. Ezequiel les recordó la verdad de que su situación era el resultado de su idolatría y su infidelidad a la Alianza. Pero el resto del mensaje, el más importante, era que, en medio de toda esa miseria, Dios estaba allí mismo con ellos y les ofrecía una promesa de restauración. Tenían motivos para tener esperanza. Su futuro podía ser diferente. 

Usa tu imaginación para visualizar lo que vio Ezequiel. Un nuevo y hermoso templo, del que empezaban a brotar pequeños chorros de agua desde el santuario hacia las cuatro direcciones. Esos arroyos se fueron haciendo más grandes, más profundos y más fuertes hasta que le llegaron al cuello. Las aguas inundaron la tierra circundante, rejuveneciendo toda la vida, llegando incluso a convertir aquellas que eran saladas en dulces y abundantes. Este río albergaba muchas especies de peces. A lo largo de sus orillas (y esta es mi parte favorita) crecían árboles frutales. Gracias al agua que fluía del templo, ¡daban fruto no solo una vez al año, sino una vez al mes! ¿No es esa una poderosa imagen femenina? A través de ella, la sanación y la renovación llegaban a todo lo que tocaba. 

El poder de este río procedía de su vida divina y representa una salvación que incluía la sanación de la propia Creación. Incluso las aguas saladas se volvieron dulces, un fenómeno milagroso que la naturaleza no puede lograr por sí sola. Solo la abundancia generativa de Dios podía hacer que esto sucediera. A un pueblo desanimado y sin esperanza le ofrecía una visión de belleza, restauración y sanación. 

Avancemos rápidamente hasta 2026. Esta visión profética nos sigue siendo igual de relevante hoy en día. Somos muy conscientes de las fuerzas que actúan en nuestra nación y en el mundo, y que han provocado agitación y violencia, división y miedo, así como una sensación de desestabilización. La propia Tierra está en agonía, gimiendo en sus dolores de parto. La devastación se extiende por todas partes. Las especies se están extinguiendo; nuestros bosques se están agotando; los plásticos contaminan nuestros océanos; la Tierra se está calentando a un ritmo alarmante; y abundan los fenómenos meteorológicos extremos. Se han eliminado las medidas de protección medioambiental. Y la lista sigue y sigue… 

La Tierra y todas sus criaturas están sufriendo. 

Al igual que los israelitas en Babilonia, nosotros también necesitamos esta visión. El agua de vida que describió Ezequiel es también nuestra herencia. Las promesas de Dios para ellos son las promesas de Dios para nosotros. Todos hemos sido sumergidos en las aguas del bautismo y se nos ha concedido participar de la vida divina. La visión nos invita a reconocer la gracia vivificante de Dios y su presencia sacramental en todos los aspectos de nuestras vidas, especialmente cuando nos reunimos en torno a la mesa eucarística. Las aguas vivificantes brotan de este lugar hacia zonas de sequía y desolación –a veces nuestros corazones, nuestras comunidades, nuestra Iglesia, nuestra sociedad, nuestro mundo– y ofrecen sanación y restauración. En sus momentos de sinceridad, los israelitas sabían que habían sido sus propias acciones las que habían provocado su sufrimiento. Nosotros también debemos reconocer nuestra propia complicidad en los problemas de nuestro mundo y en el sufrimiento de nuestro planeta. Una vez que hayamos afrontado la verdad y hayamos recibido el perdón, podremos entonces centrar nuestras energías, tanto personales como comunitarias, en acciones sanadoras. 

La visión que Dios le concedió a Ezequiel es también la nuestra. ¿Podemos dejar que nuestros corazones se conmuevan y se dejen cautivar por su promesa? ¿Podemos adentrarnos en esta agua que brota de nuestro Dios y permitir que nos lave, nos purifique y nos revitalice? ¿Podemos rendirnos a dejarnos llevar por ella, dejarnos arrastrar por su corriente, convirtiéndonos con nuestras propias vidas en fuentes de sanación y renacimiento allá donde vayamos? Y no debemos olvidar ni subestimar el poder y la energía vivificantes que nos pertenecen como mujeres. Podemos ser, y debemos ser, instrumentos del poder sanador de Dios para abordar nuestros problemas relacionados con el agua y el cambio climático, y restaurar la fertilidad de los ecosistemas dañados. Con la gracia de Dios, tenemos la responsabilidad de trabajar en conjunto para renovar y restaurar nuestra Tierra. ¿Seremos lo suficientemente valientes y amorosas como para aceptar este reto? 

Dios está listo para encabezar la marcha.