Yo nací y crecí en un campo tranquilo cerca de la Ciudad Thanh Hoa, Vietnam. Crecí en una familia católica amorosa, así que mi niñez estaba muy conectada con la Iglesia, oraciones en familia y actividades de la parroquia.
De joven, mi mayor sueño era en verdad… ¡llegar a ser una santa! Tal vez porque cada noche antes de acostarme, a mi padre le encantaba contarme historias sobre los santos en lugar de cuentos de hadas. Más tarde, cuando aprendí a leer, me interesaba leer la Biblia y las historias de santos y santas. Sus vidas me inspiraron a hacer algo significativo para la Iglesia y para los demás.
Mi corazón siempre ha estado muy cerca de los pobres, especialmente las mujeres y la niñez. En este deseo de servir, encontré algo muy conocido en el espíritu de Catalina McAuley, y entré a las Hermanas de la Misericordia en las Filipinas. En retrospectiva, puedo decir verdaderamente que Dios me guio por muchas distancias, desafíos y sorpresas para vivir mi vocación como Hermana de la Misericordia.
Después de profesar los votos temporales, me asignaron a servir en el hospital de la congregación en la Ciudad Iligan, Filipinas, por casi dos años. En la actualidad sirvo en la Escuela San Juan Bautista en Jimenez, Ciudad Ozamis, Filipinas. Trabajar con estudiantes cada día me da alegría, energía y a veces…un poco de dolor de cabeza también. Pero honestamente, estar con los jóvenes mantiene mi corazón vivo y agradecido.
Por supuesto, la vida en comunidad y el ministerio no siempre son fáciles. Hay desafíos por el camino, pero encuentro fuerzas en la oración. Cuando necesito recargarme, me gusta correr, hacer yoga, escuchar música, cantar sola como si estuviera en un concierto o platicar con amistades y familia. Escucho muchos diferentes estilos de música, pero mi favorito siempre será himnos y canciones de la iglesia.
Doy gracias a Dios por esta hermosa jornada de vocación y espero seguir sirviendo con alegría, misericordia y amor – un paso pequeño, una oración y quizás una canción de karaoke a la vez.