Por Hermana Erencia Saipweirik
El tema del Día de la Misericordia de este año, «Raíces en la Misericordia», nos invita a reflexionar sobre quiénes somos y qué nos arraiga como comunidad de la Misericordia. Según el diccionario Merriam-Webster, estar arraigado significa estar firmemente establecido, cimentado, plantado, nutrido y fortalecido. Así como un árbol obtiene vida de sus raíces, nosotras obtenemos nuestra identidad, propósito y misión del don de la Misericordia, un don que ha estado en el corazón de la tradición de la Misericordia desde la época de Catalina McAuley.
Al reflexionar yo sobre lo que significa «Raíces en la Misericordia», recuerdo que la Misericordia no es simplemente una idea, sino una práctica diaria que da forma a cómo vivimos, servimos y nos relacionamos entre sí. Las siguientes preguntas nos invitan a considerar cómo la Misericordia sigue cimentando nuestras vidas y guiando nuestra misión compartida.
• ¿Qué valores de la Misericordia están más profundamente arraigados y guían mis relaciones con mis estudiantes, mis colegas, mi familia y aquellas personas a quienes yo sirvo?
• ¿De qué manera estoy llamada a vivir con mayor propósito cada día a través de la compasión, la paciencia, el perdón y el servicio?
• ¿De qué formas puedo ayudar a fomentar una comunidad de Misericordia donde hermanas, asociadas/os, empleadas/os, docentes, el personal y estudiantes crezcan juntas/os en la fe, el servicio y el amor?
Tener «Raíces en la Misericordia» significa más que mostrar amabilidad de vez en cuando. Equivale a permitir que la Misericordia moldee la forma en que pensamos, hablamos, enseñamos, lideramos y servimos cada día. La Misericordia nos llama a ver la dignidad de cada persona, en especial de aquellas que son vulnerables, que atraviesan dificultades o que son ignoradas. Nos desafía a responder con compasión en lugar de juicio, con comprensión en vez de crítica y con esperanza en lugar de desánimo.
Para nuestras escuelas, «Raíces en la Misericordia» representa crear comunidades donde cada estudiante se sienta bienvenida/o, valorada/o y segura/o. Las escuelas centradas en la Misericordia son lugares donde la excelencia académica se equilibra con el cuidado integral de la persona. Fomentan el respeto, la inclusión, el perdón y la justicia, ayudando a la juventud a crecer no solo en conocimiento, sino también en carácter y fe.
Para nuestras/os estudiantes, «Raíces en la Misericordia» quiere decir, aprender a tratar a los demás con amabilidad, empatía y respeto. Les anima a reconocer las necesidades de quienes les rodean y a convertirse en agentes de paz y servicio. La Misericordia llama a estudiante a ser valiente al defender a los demás, generosa/o al compartir sus dones y compasiva/o en sus interacciones diarias.
Para nuestras/os docentes y personal, «Raíces en la Misericordia» equivale a reconocer que la educación es tanto una profesión como un ministerio. La Misericordia se expresa a través de la paciencia, el aliento, la comprensión y un compromiso genuino con el crecimiento y el bienestar de cada estudiante. Le recuerda a cada docente que su influencia se extiende mucho más allá del salón de clases y que cada interacción es una oportunidad para afirmar la dignidad e inspirar esperanza.
Como docentes, «Raíces en la Misericordia» es más que impartir clases: implica moldear vidas. Cada palabra de aliento, cada acto de paciencia, cada oportunidad de una segunda oportunidad y cada momento de comprensión refleja la Misericordia que está en el corazón de nuestra misión. Cuando elegimos la compasión en lugar del juicio y la esperanza en vez del desánimo, ayudamos a nuestras/os estudiantes a experimentar el amor y la dignidad que Dios desea para cada persona.
Para las Hermanas de la Misericordia, asociadas/os de la Misericordia y empleadas/os, «Raíces en la Misericordia» es una continuación del legado que se nos ha confiado. Es una llamada a dar testimonio del amor compasivo de Dios a través de la oración, el servicio, la defensa de los derechos y el acompañamiento. Nuestras vidas nos recuerdan que la Misericordia no es solamente una idea, sino una forma de vivir que transforma a las personas, las comunidades y la sociedad.
Por último, «Raíces en la Misericordia» es permanecer conectadas/os a la fuente del amor de Dios. Es cultivar corazones abiertos, compasivos y receptivos a las necesidades de los demás. A medida que avanzamos en este año, que podamos profundizar nuestro compromiso a la Misericordia en todo lo que hacemos, asegurándonos de que nuestras palabras, acciones y relaciones reflejen el espíritu de Catalina McAuley. Con arraigo en la Misericordia, podemos seguir creciendo como una comunidad que lleva sanación, esperanza y justicia al mundo.
En un mundo que a menudo se apresura a criticar, cada docente de la Misericordia está llamada/o a ser una presencia constante de amabilidad, aceptación y aliento. A través de nuestras interacciones diarias, cultivamos salones de clase donde las/os estudiantes sienten que tienen valor, apoyo y reciben empoderamiento para convertirse en personas compasivas y justas.
Al abrazar el tema de este año, «Raíces en la Misericordia», que podamos permanecer firmemente arraigadas/os en el espíritu de Catalina McAuley, quien comprendió que la misericordia se revela en los actos cotidianos. Sus palabras continúan inspirándonos y desafiándonos: «La lección más sencilla y práctica que conozco es proponerme ser buena hoy, pero mejor mañana». Que esta sabiduría guíe nuestro trabajo y nuestras relaciones como Hermanas de la Misericordia, asociadas/os, empleadas/os, docentes y personal. Nos recuerda que la Misericordia no es un destino, sino una práctica diaria. Que nos esforcemos cada día por ser personas más compasivas, amorosas y receptivas a las necesidades de los demás. Con Raíces en la Misericordia, crecemos unidas/os en la fe, el servicio y el amor, convirtiéndonos en testimonio vivo de la presencia de Dios y en una fuente de esperanza para todas aquellas personas a quienes servimos.