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Reflexión sobre la muerte de una querida amiga

Hermana Marian y Hermana Larretta
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Por Hermana Larretta Rivera-Williams

Comparto esta reflexión mientras sigo asimilando la repentina muerte de mi querida amiga, la Hermana Marian Arroyo. Escribir me ha ayudado a expresar el dolor, las dudas, la fe y la esperanza que acompañan a esta pérdida.

La pregunta no debería ser: «¿Por qué?».

¿Por qué me cuesta tanto creer en la vida eterna cuando la muerte está tan cerca? ¿Por qué me veo cuestionando lo que he creído toda mi vida? ¿Existe el cielo? ¿Qué nos espera más allá de esta vida terrenal? ¿Por qué estamos llamados a amar tan profundamente si ese amor puede dejarnos tan heridos cuando alguien muere?

No estoy poniendo en duda el amor de Dios. Estoy pasando por lo duro que es querer a alguien con todo el corazón y luego tener que vivir sin su presencia física.

Hermana Marian y Hermana Larretta

¿No estamos, en cierto sentido, viviendo con la mirada puesta en la muerte? ¿No es nuestro camino por la vida una preparación para el momento en que nos llamen a casa?

¡A casa!

A casa, junto a Dios. La casa de Jesús, que se ha adelantado para prepararnos un lugar en la presencia eterna de Dios.
La muerte es el paso hacia ese hogar prometido. Sabemos que es inevitable, pero no sabemos cuándo ni cómo va a pasar. Ahí radica parte del misterio de nuestra existencia humana.
¿He dejado mi fe en un estante? ¿He dejado que el dolor eche por tierra lo que he creído durante tantos años? ¿No debería alegrarme por la promesa de que quienes mueren son recibidos en el abrazo amoroso de Dios?

Sin embargo, cuando muere alguien a quien amamos, sobre todo si sucede sin previo aviso, el dolor no se detiene a consultar nuestra teología. Simplemente llega; a veces, con tanta fuerza que sacude los cimientos de nuestro ser.
La muerte repentina de un ser querido puede dejarnos atónitas, sin aliento e incapaces de entender lo que ha pasado. Queremos recurrir a la fe que nos ha sostenido, pero durante un tiempo quizá nos sintamos agotados emocional y espiritualmente.

Y por eso me pregunto: ¿Por qué sufrimos el duelo? ¿Será porque ya no volveremos a ver el rostro familiar de alguien a quien amamos, abrazarla, escuchar su risa, cantar con ella o compartir esas conversaciones cotidianas que hacían extraordinaria la vida? Quizá sea el doloroso reconocimiento de que alguien que ocupaba un lugar tan importante en nuestras vidas ya no está físicamente presente.

¿Sería menos doloroso nuestro duelo si comprendiéramos plenamente la vida eterna? ¿La certeza de lo que nos espera después de la muerte aliviaría el dolor de la separación? ¿O acaso la muerte también nos enfrenta a nuestra propia mortalidad y a preguntas que preferiríamos dejar sin respuesta?

¿Cómo voy a morir? ¿Cuándo terminará mi camino por este mundo? ¿Estaré preparada? Una de mis mejores amigas, la Hermana Marian Arroyo, falleció repentinamente. Incluso al escribir estas palabras, todo parece irreal. Mi mente sigue dando vueltas alrededor de un pensamiento insoportable: «¡No puede ser verdad!». La tristeza me abruma el espíritu, y todo mi ser clama bajo el peso de la incredulidad y el dolor.

Sé que no estoy sola. En todo nuestro Instituto de la Misericordia, la muerte de Marian ha conmovido innumerables corazones. Atesoramos recuerdos de su presencia, su música, su risa, su amistad y de tantas maneras en que enriqueció nuestras vidas. La profundidad de nuestro dolor habla de la profundidad del amor que compartimos.

En mi caso, ese amor se fue forjando a lo largo de 53 años de amistad: una vida marcada por recuerdos compartidos, fe, música, risas y tantos momentos cotidianos que se volvieron extraordinarios porque los vivimos juntas.

Aun así, en los momentos de silencio, vuelven mis preguntas. ¿Por qué sigo demorándome en esta cueva de dolor? ¿Cuándo volveré a dormir en paz, confiando en las promesas de Dios? ¿Cuándo despertaré sin darme cuenta de inmediato de que mi querida amiga ya no está?

Quizá estas preguntas no sean señal de una fe debilitada, sino el lenguaje del amor ante la pérdida. Quizá el duelo no sea algo que haya que vencer, sino algo que aprendemos a llevar mientras el amor encuentra una nueva forma de expresarse.

La fe no nos libra del duelo, y estar de duelo no significa que hayamos abandonado la fe. Incluso Jesús lloró ante la muerte de Lázaro. Hay consuelo en saber que quien nos promete la vida eterna también comprende la tristeza de la separación humana.

Podemos creer en el cielo y, aun así, sentir la ausencia de alguien a quien amamos. Podemos confiar en la Resurrección y, al mismo tiempo, sentirnos abrumados por lo definitivo de una despedida terrenal.

Quizá la pregunta no debería ser por qué estamos de luto, ni cuándo se acabará el duelo. Quizá no haya una respuesta inmediata. Solo hay amor, fe, tristeza, memoria y la promesa de que la muerte no tiene la última palabra.

Por ahora, me permitiré vivir el duelo sin exigirle a mi corazón que sane según un calendario. Quizá la pregunta no debería ser por qué sufrimos el duelo ni cuándo terminará.

Cuando la tristeza me abruma, quizá mi oración pueda ser sencilla:
«Dios te acompañe, amiga mía».
Gracias por la música, las risas, los recuerdos y el regalo de una amistad que ha sido una bendición en mi vida durante 53 años.

Te echaré de menos más de lo que las palabras pueden expresar.

Hasta que nos volvamos a ver, que descanses en la plenitud del amor de Dios. Ojalá pueda encontrar paz en la hermosa esperanza de Catalina McAuley:
«¿Nos volveremos a ver todos en el cielo? «¡Qué alegría solo de pensarlo!».