Un ministerio de servicio a inmigrantes

September 22, 2020



Por la Hermana Pat Lamb

Nunca me sentí llamada a servir a nuestras hermanas y hermanos inmigrantes en la frontera con México. En cambio, mi experiencia en este servicio dio inicio hace más de 30 años en Grand Rapids, Michigan. Durante el tiempo de amnistía de 1986, establecimos un lugar en nuestra iglesia con un abogado para ayudar a quienes buscaban la ciudadanía. En esos ocho años en Grand Rapids pude ver muchos de los problemas que enfrentan los trabajadores inmigrantes que ayudamos ese verano. La misa en nuestra iglesia era en español, como las liturgias de verano con los inmigrantes cerca de sus campamentos. Ayudamos a trabajadores a establecerse para el corto tiempo que permanecerían allí, y con el paso de los años cada verano era como dar la bienvenida a los viejos amigos o familiares que regresaban.

Hermana Pat Lamb muestra un automóvil lleno de zapatos, lista para llevarlos a la escuela donde los niños podrán elegir el par que más les guste.

No fue hasta mis años en Holland, Michigan que comencé a encontrarme con inmigrantes indocumentados de México y Centroamérica. Supe de inmediato que tenían historias increíbles de situaciones problemáticas, a menudo violentas, en sus queridos países de origen y que no les dejaba otra opción que empacar con sus familias y partir a pie, generalmente por la noche. Gran parte de sus viajes se desarrollaban a través de situaciones desagradables, con poca comida o agua y sin un lugar seguro para descansar. Eventualmente, llegarían a la frontera de los Estados Unidos, a lo que pensaban iba a ser un lugar de esperanza y una promesa de bienvenida.

Siempre ha sido peligroso cruzar nuestra frontera a lo largo de los años, a menudo es potencialmente mortal, cargada de sobornos financieros pagados a coyotes que pueden no dejarlos en un lugar seguro. Años antes de nuestro gobierno actual, había muchos puntos de cruce y varias ciudades fronterizas que eran bases para cruzar. Los afortunados que lograban cruzar tenían que afrontar muchos obstáculos más. El desierto de Arizona puede ser implacable, con bandidos que se aprovechan de los inmigrantes, robándoles y abusando de ellos, y agrediendo sexualmente a las mujeres, dejándolas a su merced. La Patrulla Fronteriza escaneaba las rutas bien utilizadas y luego puso fin a estos valientes intentos. Lo que siempre fue tan asombroso para mí fue cómo las personas comenzaban nuevamente sin desánimo. Lo hacían siempre con la fe y la expectativa de que con este intento, llegarían a un lugar acogedor. Lo que dejaban ya no era sostenible. Su profunda fe y confianza en Dios los llevaba a creer que era posible una vida mejor, en algún lugar de los Estados Unidos.

Por 21 años, viví y serví en el área conocida como el cinturón de frutas al oeste de Michigan, donde se necesitaban trabajadores inmigrantes y eran bienvenidos para ayudar en la cosecha. Algunas de sus historias permanecen conmigo hasta el día de hoy.

Miguel es una de esas historias que todavía recuerdo mucho. Su familia vivía en un pueblito de México donde comenzaban a dominar los pandilleros. Una noche, un líder de pandilla apuntó con un arma a la cabeza de Miguel y le dijo que vendría por la mañana por su hija de 13 años. Esa noche, Miguel tomó a su familia de cinco y se fueron a pie hacia «el norte».

También recuerdo mucho la historia de María. Ella vivía en Michigan con su esposo y sus cuatro hijos, pero era indocumentada. Al trabajar con un excelente abogado, se determinó que debía regresar a México para esperar los documentos legales —prácticamente, ponerse en la fila— y luego cruzar la frontera legalmente para completar su camino hacia la ciudadanía. Lo que pensamos que llevaría pocas semanas se convirtió en una detención de 11 meses. ¡Solo puedes imaginar la alegría de sus hijos cuando saludaron a su mamá en el aeropuerto! Unos seis años más tarde, ella y su esposo, ambos muy trabajadores, compraron una casa y me invitaron a una bendición. Reflexionar sobre lo que habían experimentado hizo que éste fuera un momento de muchísima felicidad.

Ahora estoy jubilada, pero mi amor y compromiso con los inmigrantes continúa llamándome para servir. En Detroit, hemos formado un grupo llamado Strangers No Longer (Extraños, ya no son). Las parroquias se organizan en círculos de apoyo para llegar a la población inmigrante. Algunos de nuestro grupo de San Regis visitaron una escuela del centro de la ciudad cuyo alumnado está compuesto principalmente por inmigrantes; el cincuenta por ciento de estos niños han experimentado la deportación de alguno o ambos padres.

Voluntarias clasifican unos 650 pares de zapatos nuevos que los feligreses de las parroquias compraron para los niños en una escuela del área de Detroit. Al menos la mitad de los niños han experimentado la deportación de uno o ambos padres.

Después de una reunión con el responsable social de la escuela, observamos que muchos de los niños necesitaban zapatos. Inmediatamente, supimos que este era un proyecto que podríamos iniciar: una campaña de zapatos en las parroquias. En dos meses, recolectamos 646 pares de zapatos nuevos. La escuela nos permitió establecer nuestra «zapatería» temporal por un día, organizada por tamaños, y estábamos en funcionamiento. Qué gozo poder medir los pequeños pies de los niños, caminar con ellos para encontrar su talla y luego dejar que seleccionaran sus propios pares de zapatos nuevos. Después de probárselos, ¡casi bailaban de emoción!

Un día, el director del programa de Strangers No Longer me preguntó si podría acompañar a una mujer al tribunal de inmigración, donde planeaba solicitar asilo. Así comenzó una relación muy entrañable. Después de que tanto ella como su esposo recibieron su estado migratorio, nuestro grupo les ayudó a establecer su hogar y maniobrar a través de los muchos servicios disponibles para ellos con una tarjeta de identificación de la Ciudad de Detroit. Cuando llegó la Navidad y supimos que también formaban parte de su tradición el árbol y los regalos, ¡lo hicimos realidad!

Celebrando su primera Navidad en Detroit, así como su nuevo estado migratorio, una familia de Honduras se regocija con Hermana Pat Lamb (de suéter verde) y Marilyn Torborg

A medida que crecía su confianza en nosotras, conoceríamos su historia. La historia, ahora familiar, de una situación que amenazaba su vida y una salida nocturna a pie, ya que la familia de cuatro viajó, unos 1.305 kilómetros desde Honduras. Fueron parte de una primera caravana que llegó al norte con gran resolución. Finalmente, llegando a la frontera, solicitaron asilo y fueron retenidos en jaulas. Con el tiempo, fueron entregados a un primo en Detroit, donde nos conocimos.

Y esta historia continúa. Una historia de misericordia buscada y encontrada, de zapatos y citas en la corte y árboles de Navidad. La bendición que ha sido vivir mi compromiso de Misericordia y de responder a los clamores de nuestro mundo que sufre aquí en Michigan —el norte— sirviendo a inmigrantes cuyo valor me ha enseñado mucho sobre la fe, la esperanza y el amor.

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